sábado, 14 de febrero de 2015

7 días ha durado. Diría que menos, pero no estoy segura que no ha estado coleteando hasta 7. Y ya. Ya fue. Soltar, cortar esa especie de cordón umbilical que parece que te suministra el aire para respirar. Cortar. Abrir tanto la garganta para coger aire en la primera bocanada que parece que voy a explotar y desintegrarme en diezmil millones de iones de colores, que se quedarán suspendidos en el aire un momento, antes de diluirse en el alrededor. Y absorber. Tan fuerte que duela sentir la cascada de aire inundando cada recoveco de mi árbol alveolar, que sienta cómo se difunde por todos mis espacios intracelulares. Respirar. Y soltar el aire. Y abrir los ojos que ya estaban abiertos, pero que no podían mirar más allá de mis entrañas. Extraño egocentrismo.

Ya fue. Corté el cordón. Ahora respiro y amo recorrer los bordes de mi yo para saber hasta dónde llego, y donde se entremezclan y confunden con los de otrxs como aguas de diferentes ríos. Situada en mi propio cuerpo. Situada.

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