lunes, 2 de noviembre de 2015

Me gustan las escenas costumbristas. Adoro las cocinas.

Bilbao, las 10 de la mañana en un albergue juvenil, nos ha costado salir de entre las sábanas pero ya hemos tomado el café, las tostadas y el zumo compartido. Desayuno y sobremesa preciosa con Pilar y Ana. Pilar nos habla de su relación, de las cuerdas, del arrebato, del cuerpo. Yo estoy fregando los platos al otro lado de la barra americana, tú te me acercas por detrás y me rodeas la cintura con los brazos. Dammit, adoro estas manos. Vienes melosa y me dices que eso que le pasa a Pilar con Ana es lo que te pasa a ti conmigo, que me tienes cerca y tu cuerpo quiere atarme, así, cuerdatensiontucuerpoescuchandoalmio. 

Flash. 

Estamos en tu cocina, en tu casa nueva. Sin saber cómo: tu cabeza contra el armario, mi mano en tu nuca. La otra baja al culo solo para que sientas que estoy aquí, entera, detrás de ti. Quiero ponerte una mordaza para hacerte babear y unas pinzas con unos cascabeles que no puedan sonar. Quiero que te mantengas así sin moverte mientras te desvisto muy despacio, te mordisqueo la oreja y te retuerzo las pinzas. Mantente firme cachorra, cada vez que suene el cascabel te vas a ganar un par de azotes. Y te digo ya que me muero de ganas de darte de hostias, pero más de que seas capaz de aguantar. Acariciarte el culo despacio, dulce, con amor y ZAS. Concéntrate, pero quédate conmigo. Quiero oír tu respiración a la vez que tu piel se va poniendo cada vez más caliente, quiero oírte aguantar, y quiero tu saliva en mis dedos. Quiero aliviarte la piel antes de que vuelvas a contar hasta 10. Pero no hago nada de eso. Bajo la mano de la nuca, acerco mi boca a tu oído y te mordisqueo con alguna advertencia. Ten cuidado, cachorra, ten cuidado. Y vamos al salón con la cena. Dormimos juntas y a la mañana siguiente me dejas irme después de que te de un beso remolón en los labios. J'adoré.

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