martes, 30 de agosto de 2016

Vuelvo a casa y encuentro el barrio extraño. Estas calles, esta luz. Ando leyendo con la cabeza, el cuerpo y el corazón dentro del libro y sólo veo el metro de suelo que se va deslizando atrás debajo de mis pies. Levanto la cabeza llegando a la plaza sabiendo que estoy en esa esquina, pero igual levanto la cabeza, sí, todo está en su sitio, me da tiempo a un párrafo más antes de llegar a la tienda. Termino el recado y vuelvo a casa, la calle de siempre, el camino de siempre de vuelta del mercado. Sumergida en el libro, de repente el suelo de debajo de mis pies se llena de brevas maduras aplastadas, manchas negras con trazas blancas y rojas, la mayoría más marrones que rojas, ya llevan un rato ahí y empiezan a estar secas. Me paro. Esta extrañeza, es tranquila. De la de cuando el cuerpo sabe que es momento de suavidad e intensidades bajas, de hibernación, de dejar pasar las preguntas, de simplemente estar. Levanto la cabeza y miro al cielo de esta calle, una higuera llena de brevas e higos en este solar, creo que nunca me había fijado, o quizá no estaba tan grande como para que los higos cayeran maduros afuera. Está tan repleta, y tiene higos y brevas a la vez, todos maduros y hasta pasados, abiertos, a punto de caerse como los que ya están en el suelo. Me recuerda al campo, la higuera enorme o que nosotras veíamos enorme porque eramos pequeñas, mucho más pequeñas. Los higos me recuerdan al verano, al sol, a las hogueras de San Juan, al campo, a la parcela en vacaciones. Por un momento también me recuerda a las higueras salvajes que no llegan a madurar los higos, esa pequeña decepción al encontrar una en medio del monte, en el barranco del molinar, parar a comer unos pocos y que por dentro estuvieran secos. Pero ésta está repleta, abandonada y rebosante, y puedo ver desde aquí algunas brevas abiertas todavía en el árbol, con ese granate oscuro y brillante tan dulce, tan jugoso, tan bonito. Se me pone el cuerpo así, mi cuerpo se acuerda de esa sensación de verano, de coger brevas y comértelas del árbol, esa dulzura pringosa y relajada, juguetona, simple. Eso me hace feliz ese momento, no sé qué tanto feliz sino más satisfecha, relajada por un momento de poder conectar con esa dulzura sencilla, sin más, que de repente, pasa. Respiro hondo y vuelvo al libro. Al libro que me has prestado, que me está encantando, como el otro. Ya quiero pedirte el siguiente y eso que aún voy por la mitad. Llego a casa. Enciendo el ordenador para sentarme a escribir otras cosas, pero decide hacer una comprobación de disco eterna en este momento, genial. Está bien, vuelvo al libro. Cuando termina la comprobación mi ordenador se enciende con normalidad, todo está donde estaba. Respiro. Abro el blog y cuando me pongo ya no me acuerdo de lo que iba a escribir. Mi casa está distinta, los platos de la última vez que comimos juntas aquí siguen en el fregadero. No es la casa, no es el barrio, la extrañeza le tengo yo entre detrás del paladar y la nuca. Por suerte es una extrañeza tranquila, no me atora, sólo está. Vuelvo al libro. 






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