miércoles, 7 de septiembre de 2016

Día diez y hoy no se ha roto el mediodía. Al fin he conseguido dormir hasta que el cuerpo dijera ya, y me he despertado sin angustia. Eso sí, dormidísima. Al fin, arriba y directa a fregar los platos, poner música, limpiar la cocina, una lavadora. La gata sí que está como siempre, parada al lado mientras friego y maullándome como si no hubiera mañana. ¿Pero qué quieres, mi amor? Tienen el agua hasta arriba pero se la cambio, ¿será eso? ¿agua más fresca? La ignora, se tumba a mi lado, sigo fregando los platos. Estoy tan endormiscada, pensando en esto, se me resbala una taza de las manos y la miro. Es la taza de María que le regalé cuando fuimos la última vez al primark. Ni rastro de angustia. Eso sabe bien. Le mandaré una foto con los cucharones de loza para que no se vuelva loca buscándolo cuando vuelva. Me muero de hambre, otra novedad. Estupendo. Dejo a mitad la cocina para comer. Cuando paso al salón veo a Tofu enroscado en la cesta de Quinoa, a sí que era eso, pequeña...

Otra lavadora. Dos montones en el suelo: la ropa de cama que estaba para lavar y guardar desde hace mil y otro de ropa que se va al recicle. Hay mil cosas más que hacer, pero por hoy con tender la segunda lavadora está bien. Después de todo, y de haber ido a currar, hoy no estoy cansada. No estoy cansada así. Gracias. Gracias por el primer día sin ese cansancio. Gracias. Porque, ¿sabes qué? ¿te acuerdas de cuando eras peque, y te iban midiendo y hacían una marquita en la pared con la fecha del día, cada vez un poquito más arriba? Pues no necesito tener esa próxima marquita creciendo en mi casa para saber que la vida pasa rápido. Y hoy mi cuerpo se siente mejor, y se siente mejor estar en mi cuerpo. Gracias.



























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